martes, 12 de junio de 2012

Después de los postres, el cine que uno amó.

SERGUÉI EISENSTEIN

El Acorazado Potemkin atacará un importante puerto del mundo y lo puede hacer en cualquier momento. No faltan quienes sugieren que el poderoso buque con sus cuarenta cañones se dirija, no a Odesa, sino a Southampton. Por otro lado, una gran huelga puede paralizar a Nueva York y es probable que se  registren violentas escenas de represión; las batallas callejeras multiplicarían incendios monumentales y Obama se vería enrojecido por el fuego. La otra noticia siniestra es la que ronda por México y está relacionada con todos los muertos del narcotráfico y otras instituciones comerciales. El Día de Muertos miles de víctimas saldrán de sus tumbas para organizar una terrible venganza; Carlos Slim está muy preocupado por el regreso de sus hermanos Julián y José. Siempre habrá temas para  el creador de ¡Qué Viva México! quien no pierde vigencia. Nació en Riga, Letonia, en el duro invierno de 1898. Su madre era una mujer culta y en su hogar se hablaba en ruso y se respetaban las tradiciones judías, pero fue su padre el que lo llevó al circo por primera vez. El niño regresó maravillado contando lo que había visto: El Oso. La comedia del animal lo había impactado de tal manera, que en ese momento el niño decidió que se dedicaría a estudiar el teatro de los osos para ser un gran oso.  La madre lo escuchó con asombro y lo amenazó diciéndole que si quería triunfar como oso, que primero pensara en estudiar ingeniería, carrera que siguen los osos que quieren ser más inteligentes que los otros. Estas oportunas palabras maternales quedaron grabadas en su mente y el joven Serguéi cursó estudios de ingeniería civil en Petrogrado. Si bien el joven terminó dedicándose al teatro, pudo poner en práctica sus conocimientos de ingeniería para montar un sistema escenográfico nunca antes visto. Estaba en ese éxito cuando se proyectó en Riga El gabinete del Dr. Caligari, película muda dirigida por Robert Wiene. Este film lo sacó inmediatamente del teatro y se dedicó a esa nueva forma de manejar las emociones del espectador. Con su experiencia previa, desarrolló su propia teoría del montaje cinematográfico y además, sacó los actores del pueblo, que suelen trabajar mucho mejor que los actores contratados y sin tantas pretensiones. En su película Octubre, producción oficial para celebrar los diez años de la Revolución de Octubre de 1917, Trotsky hace de Trotsky, y Lenin actúa como Lenin. A Stalin tanto realismo no le gustó para nada y se preocupó; una nueva y poderosa arma se estaba gestando demasiado cerca de sus bigotes y su nariz, no obstante, qué arma para hacer propaganda de su gestión política. Mientras tanto, el doctor Satlin recetaba purgas a diestra y siniestra. Menos mal que Serguéi tuvo que viajar a París en 1930 para estudiar un sistema de sonido para el cine, de lo contrario no hubiera contado el cuento. De Francia pasó a México, donde dejó inacabada la famosa película. Años después, para reconciliarse con el Kremlin, el que se había escapado a tiempo propuso filmar una trilogía sobre el Zar Iván IV de Rusia y con la venia del bigotudo, presentarlo como héroe nacional. Al dictador la primera parte de la saga le arrancó una media sonrisa, no así la segunda que fue confiscada; también rodó una tercera, pero quedó inacabada. La historia de la cinematografía mundial mucho le debe al genio de Eisenstein, un director osado que falleció en 1948 y que nunca supo que en Berlín a partir de 1951, cada año en el Festival de Cine, premiarían a la mejor película con un Oso de oro.














ALFRED HITCHCOCK

Está claro que  me gustan las películas viejas y si son francesas y de la Nouvelle vague, mejor. Alguien observó que en mi lista de preferencias había sólo un director de cine inglés. Es cierto, los directores ingleses cuando no están ocupados dirigiendo teatro, están en la televisión, como Charles Sturridge, que dirigió casi todos los capítulos de Retorno a Brideshead (Brideshead Revisited), serie de televisión basada en la novela homónima de Evelyn Waugh y que está considerada como una de las diez mejores que ha producido la televisión inglesa. Fue un buen trabajo que juntó a los mejores: Laurence Olivier, Claire Bloom Jeremy Irons, Jane Asher,  John Gielgud, Diana Quick, Anthony Andrews, Phoebe Nicholls y otros más. Vuelvo a Hitchcock: siempre he admirado al director y productor de Los pájaros, quien nació en el tranquilo barrio londinense de Leytonstone, un suburbio infame donde sólo se cometían crímenes mediocres. Allí en aquel Leytonstone un joven, ya con una calvicie incipiente y talentosa,  leía al viejo Dickens y al nuevo Chesterton. Gracias a Dios, todavía no existía el vicio de la televisión. Alfred no había cumplido 30 años cuando comenzó a trabajar para una productora inglesa de cine mudo. Cumplía una labor delicada,  hacer los rótulos para las películas. En esa empresa, la Famous Players Lasky, se deslumbró por una compañera de trabajo, Alma Reville, a quien le solía hacer algunas bromas pesadas; terminaron casándose. Luego de dirigir algunas obras mudas y aburridas, en 1929 dirigió la primera película  sonora del cine inglés: Blackmail (Chantaje /La muchacha de Londres), la que le otorgó cierto prestigio. En 1937, con su mujer y su hija, visitó por primera vez USA, país que ya conocía a través de los cuentos de Edgar Allan Poe. Según David O. Selznick, productor de Lo que el viento se llevó, lo mandó a llamar porque ya era hora que Alfred fuera conocido como Hitchcock, el hombre adecuado para adaptar y dirigir una película basada en Rebeca, novela de Daphne du Maurier.  Dicho sea de paso, Daphne también es la autora del relato “Los pájaros”. El film tuvo  éxito y obtuvo once nominaciones al premio Oscar, pero no logró ninguna estatuilla. Entre 1922 y 1976, Hitchcock dirigió 58 películas y la mejor supervisora de todas fue Lady Hitchcock. En cierto film a punto de estrenar, hubo que rodar una escena de nuevo cuando Alma, revisando lo filmado, descubrió que la muerta en la bañera tragaba saliva. El director de Psicosis siempre trabajó con actrices bellas. Una mujer bella puede potenciar el miedo en su rostro como no lo puede hacer una mujer fea, por más buena actriz que sea. Al fin y al cabo,  a Hitchcock le pasó lo mismo que a Molière con la Academia Francesa, nunca recibió un Oscar de la Academia de Hollywood; a él no le faltó honor ni gloria, les faltó a ellos.











VITTORIO DE SICA

Vittorio de Sica, nacido en Sora, Italia, en julio de 1901, de profesión actor y director de cine, falleció en Neuilly, Francia, en noviembre de 1974 y desde entonces, está filmando en el Cielo. La estadía celestial de Vittorio en compañía de ángeles y santos que le asegura una vida eterna, se la ganó por dirigir la película La puerta del Cielo, financiada por el Vaticano. Este relato parece literatura católica infantil, pero lo que aquí se dice es absolutamente cierto. En ese largo film, De Sica se dio el lujo de relacionarse con dos Papas, hecho no superado por ningún otro director de cine, ni siquiera por Woody Allen. La curiosa producción cinematográfica se comenzó a rodar en el verano europeo de 1943, según un acuerdo secreto entre De Sica y el Papa Pío XII, para poder salvar de la muerte o ir a parar a los campos de concentración, a un multitudinario elenco de actores y técnicos, entre los cuales había unos 300 judíos italianos y otro elenco no menor de extras conformado por perseguidos antifascistas. El acuerdo de la producción con la Santa Sede, establecía que el rodaje debía prolongarse lo máximo posible hasta que llegaran los aliados para liberar a Roma. El delegado, nombrado por su Santidad para supervisar éste y otros aspectos de la producción, era Giovanni Montini, futuro Papa Paulo VI. El 5 de junio de 1944 llegaron los aliados y al otro día, el Centro Católico de Cine terminó con la filmación de esa  eternidad, cuyo documental lo tendría que haber filmado Fellini, pero se lo perdió. El neorrealismo italiano con Vittorio De Sica a la cabeza, consiguió filmar obras inmortales como Lustrabotas, Ladrones de bicicletas, Milagro en Milán, y en una etapa posterior, Ayer, hoy y mañana y El jardín de los Finzi-Contini. Ésta última fue para De Sica lo que fue El Gatopardo para Visconti. La Academia de Hollywood premió con cuatro oscares las películas antes nombradas, menos Milagro en Milán, que fue premiada en el Festival de Cannes. También en el año 2009,  el alma de Vittorio recibió un tributo en las Jornadas de los Autores de Venecia, cuando Mario Canale y Annarosa Morri, en presencia de los hijos de De Sica, presentaron un emocionado documental donde se leyeron fragmentos de cartas que Vittorio les escribía a sus hijos mientras estaba filmando. Las cartas de ese padre ausente contienen agudas observaciones acerca del cine, la vida y el trabajo de un hombre que supo ser artista en el profundo sentido de la palabra. En ese documental también se acordaron de Cesare Sabatini, su mejor guionista y el verdadero padre de Totó, la criatura del Neorrealismo italiano.  Sin ir más lejos, para Vittorio De Sica el hecho de poder disfrutar del Cielo donde no hay casinos, lo exime de estar pagando en un barrio vecino unos cuantos pecados mortales. Después del cine, sus otras pasiones eran la timba y el escolazo.













LUCHINO VISCONTI

Los genes cinematográficos de la célebre familia gibelina de Milán se remontan al año 1227. Otón Visconti, arzobispo, militar y régisseur, montó la coreografía de una ópera donde a música de espadas venció a la familia Della Torre, lo que le permitió tomar el control de la ciudad-estado con la bendición del Señor. Sus descendientes perfeccionaron la obra a través de un cuidado y bello estilo con tendencia a lo espectacular, como Mateo I Visconti, alma máter de una potente liga gibelina. La edad Media como se sabe, era interminable y también sus herederos. Entre ellos estaba Gian Galeazzo Visconti, 1347 – 1402,  primer duque de Milán, que ejercía una marcada inclinación hacia lo melodramático y una preocupación por una justa composición plástica de corte netamente pictórico. La lírica familiar se interrumpió con la muerte de Filippo María Visconti en 1447, que fue sucedido por su yerno, el tenor Francisco Sforza. Cuando la dinastía volvió a escena en el siglo XX, lo único que tuvo que hacer Luchino Visconti fue ponerse a dirigir. Wikepedia, la sobrina más o menos informada de la familia Web, tiene a disposición los títulos de las obras de Luchino Visconti:

*     1942 - Obsesión
*     1942 - Días de gloria
*     1948 - La tierra tiembla
*     1951 - Bellísima
*     1953 - Nosotras las mujeres
*     1954 - Senso
*     1957 - Las noches blancas
*     1957 - Rocco y sus hermanos
*     1962 - Boccaccio '70
*     1963 - El Gatopardo
*     1965 - Sandra (Vaghe stelle dell'Orsa)
*     1967 - Las brujas
*     1967 - El extranjero
*     1969 - La caída de los dioses
*     1970 - Alla ricerca di Tadzio (documental)
*     1971 - Muerte en Venecia
*     1972 - Luis II de Baviera (Ludwig)
*     1974 - Confidencias (Gruppo di famiglia in un interno)
*     1976 - El Inocente

El Festival de Venecia premió a Visconti en tres oportunidades y el Festival de Cannes en 1963, le otorgó la merecida Palma de Oro por  El Gatopardo. De no haberlo hecho, el jurado hubiera quedado aplastado por el peso de 837 años de historia.














ALAIN RESNAIS 
                                                                                                   
Alain Resnais ha tenido la delicadeza de filmar recuerdos del siglo XX que serán rememorados en el siglo XXII. Su frase de cabecera refiere el propio olvido y el ajeno: “Como tienen memorias cortas, los hombres acumulan numerosos recordatorios.”  Uno de sus primeros y atrevidos cortometrajes, que aparentemente nos contaba la vida de Vincent Van Gogh, nos revelaba de algún modo cuales eran los recursos encontrados por Alain Resnais. Por otro lado, aprendió a caminar la cámara como quien aprende a caminar una calle. Así, filmó de una manera experimental y para los amigos los jardines de París y los castillos de Francia. No en vano, había estudiado en el parisino Instituto de Altos Estudios Cinematográficos. De la teoría pasó a la práctica trabajando en montaje para otros directores como Agnès Varda, Willian Klein y François Truffaut. Años después, cuando trabajó el tema del Holocausto con Cris Marker en la película Noche y niebla, desarrolló su propio concepto del montaje de material de archivo y de tomas puntuales y flashbacks,  todo esto con el propósito de hacer visible la dolorosa experiencia que los nazis habían tratado por todos los medios de hacer invisible. El texto del film era del poeta francés Jean Carol, editor y miembro de la Academia Goncourt, quien había sovrevivido a los horrores de los campos de concentración.  La continua creatividad llevó a Resnais a incursionar en un guión futurista: Te quiero, te quiero, obra que ese año 1968 tuvo una primavera de barricadas, humo, piedras y fuego, donde la crítica no estaba pendiente de los directores cinematográficos, sino de los productores del Mayo francés: Alain Geismar, Jacques Sauvageot y Daniel Cohn-Bendit. El otro guión original que pasó por sus cámaras fue el de Providence, libro de Howard Phillips Lovecraf, escritor que ha inspirado a varios presidentes norteamericanos y a otros políticos.  Sin embargo, Resnais siempre consiguió buenos guiones y bellas canciones para sus películas: On connaît la chanson, La Vie est un roman, etc. Entre sus mejores películas se cuentan Hiroshima mon amour y El año pasado en Mariembad, obras que tienen ventanas con cortinas que suelen cubrir las imágenes de Marguerite Duras o la de Alain Robbe-Grillet, figura que a su vez cubre la de Adolfo Bioy Casares, valiosas libertades literarias cuyas manos han escrito para la mirada de Resnais. De todos sus trabajos, el que llegará más lejos es uno de los más cortos. El film sólo dura 21 minutos, aunque tiene una extraordinaria capacidad de galerías, libros y aposentos: Toda la memoria del mundo, donde Resnais con una cámara hiperactiva, visita en 1956 la Biblioteca Nacional Francesa y al mismo tiempo que va contando con imágenes, va creando un desconocido lenguaje, joven y fresco,  que es el suyo y que será de todos.














JEAN-LUC GODARD
  
Intelectual comprometido como pocos, Godard ha escrito sobre la historia del cine como un trabajador de la industria cinematográfica  y como un espectador atento que ha  colaborado desde los años 50 en Cahiers du Cinema, publicación que conoce el tema de cerca y porque sus redactores nunca dejaron de hacer cine, o por lo menos, de ir al cine: André Bazin, Claude Chabrol, Jean Renoir, Jacques Rivette, Éric RohmerFrançois Truffaut. Para Jean-Luc sus estudios de Etnología, materia que aprendió en La Sorbonne, y sus conocimientos de albañilería, trabajo que tuvo que practicar en Suiza, fueron de gran utilidad para filmar su primer documental: Opération béton. Los dioses de la Nouvelle vague consintieron, como diría Borges, que su cuarta película debía lanzarlo a la fama. En efecto, en el verano de 1959 ya estaba filmando À bout de soufflé (Casi sin aliento) con Jean-Paul Belmondo en el personaje de Michel y Jean Seberg en el papel de Patricia. Truffaut y Chabrol también lo ayudaron con el guión de esta película en blanco y negro.  Estrenada y presenta al Festival de Cannes de 1960, Godard tuvo que luchar contra gigantes como Ingmar Berman y Federico Fellini. Belmondo a su vez, tuvo que competir con actores de la talla de Max Von Sydow y Marcello Mastroiani. Jean Seberg por su parte, tenía como rivales a Melina Mercouri (Nunca en domingo) y a Jeanne Moreau. En el momento de la premiación, La fuente de la doncella de  Berman obtuvo del jurado una Mención Especial, y Jeanne Moreau fue premiada como mejor actriz por Moderato Cantabile, película dirigida por Peter Brook y basada en la novela homónima de Marguerite Duras. En esa jornada de buen cine mundial, los insostenibles senos de una madona sueca fueron abrazados por el éxito, había ganado como mejor película La dolce vita y los eminentes pezones de Anita Ekberg, bendecidos e iluminados, tuvieron esa noche su debut y su despedida. Godard siguió filmando como siempre y estrenando una, dos o tres películas por año. En 1962, estrenó junto a los directores Claude Chabrol, Jacques Demy, Sylvain Dhomme y Philippe de Brocca,  Los siete pecados capitales, película comunitaria donde Jean-Luc, trabajador incansable, eligió filmar el segmento dedicado a la pereza. Al año siguiente, filmó El Desprecio, basado en la novela homónima de Alberto Moravia, película donde casi todos se interpretaban a sí mismos, Brigitte Bardot, Michel Piccoli y Fritz Lang; especialmente éste último. Después de muchos años y buenos films, Godard retomó en 1964 la idea de la película comunitaria y junto a Claude Chabrol, Ugo Gregoretti, Hiromichi Horikawa y Roman Polanski, estrenaron Las más famosas estafas del mundo, donde cada uno relataba una famosa estafa apropiada a su honesto criterio cinematográfico. Film Socialista, obra maestra de 2009, revela una vez más a Jean-Luc Godard, lector de La Divina Comedia, como un gran poeta y un gran ser humano.















FRANÇOIS TRUFFAUT 

Nadie diría que François era un enfant terrible, porque en su biblioteca nunca estuvieron ausentes los libros de Henry James, Henri-Pierre Roche, las antologías de los surrealistas,  los autores norteamericanos de todos los colores: novelas negras, como las de  Charles William, David Goodis y William Irish, hasta los libros ultravioletas de Ray Bradbury. Truffaut fue de la época de los buenos libros, donde los hombres se formaban leyendo. Según sus propias palabras: “Vi la vida a través de los libros y avancé como los trenes que temprano llevan a la gente a trabajar y que al anochecer, los vagones regresan felices. Pude sentirme parte del movimiento de  una maquinaria, porque estamos hechos para ser felices en el trabajo…en nuestro trabajo de cineastas.” De paso, recomendaba: “El joven director debe estar convencido de que no debe trabajar en contra de los productores ni en contra del público y debe ser convincente con ellos, seducirlos y metérselos en el bolsillo. En este oficio no queda otra que ser ambicioso, delirante y salvajemente sincero para que el entusiasmo sea rápidamente comunicado en la proyección y sea el público el que salga ganando. Hay que aceptar las restricciones para que pasen a ser liberaciones, y asumir las torpezas para que se vuelvan proezas, las que terminarán encantando al espectador.”  Su segunda película Les mistons (Los mocosos) de 1957, es un film casi autobiográfico que dos años más tardes creció hasta llegar a ser Les quatre cents coups (Las mil y una). Detrás de su cigarrillo, Truffaut afirmaba que “los personajes, necesariamente se parecen a su autor”. Sus obras de arte merecen ser vistas y escuchadas en francés para que no pierdan una sola gota de su perfume: Jules et Jim, La peau douce, La mariée était en noir, Baisers volés, La sirène du Mississippi, L’enfant sauvage, Domicile conjugal, Une Belle fille comme moi, La Nuit américaine, L’histoire d’ Adèle H., L’argent de poche, L’homme qui aimat les femmes, La chambre verte, L’amour en fuite, Le dernier métro, La femme d’à côte, y Vivement dimanche!  No obstante, hay películas suyas que deben ser vistas y escuchadas en inglés o en cualquier otro idioma parecido al inglés, una es la película donde actuó sabiamente para Spielberg (Encuentro cercano del tercer tipo) y la otra, Fahrenheit 451, basada en la novela homónima de Bradbury. Para terminar, podemos decir que lo bueno de la Nouvelle vague, fue que revolucionó el espíritu creativo de quienes  hacían cine de verdad. Lo malo de la Nouvelle vague es que se terminó. No obstante, estos films se consiguen y como un perfume a tabaco bien guardado, su música está intacta, música que paradójicamente no era parisina sino más bien marítima, griega y lejana.














UN JULIO VERNE TECNOLÓGICO
  
Si el genial escritor norteamericano Michael Crichton hubiera nacido en Alemania, la tecnología hubiera adelantado medio siglo o más. Menos mal  que Michael no fue tentado por los dioses del baseball, del basquetball o del soccer, entonces nos hubiéramos quedado hasta sin Parque Jurásico. Lo grave del asunto es que los norteamericanos lo saben, pero como han aprendido de los ingleses a no sentir ningún tipo de remordimiento ni de vergüenza, ahora admiten que el apreciado médico Michael Crichton es el único ciudadano norteamericano que ha tenido en el mismo instante el libro número uno: Disclosure; la película número uno: Jurassic Park; y la serie de televisión número uno: Emergency Room. Qué lastima que ya es tarde para todos, aunque bien sabemos que la sociedad norteamericana es la campeona de las revelaciones, de los dinosaurios, de las urgencias y de los instantes.

Michael Crichton nació en 1942 en la mafiosa y elegante ciudad de Chicago, pero se educó en buenos colegios de New York. Siempre fue un alumno estudioso y un mejor lector. Los profesores no lo querían, era lógico, sabía más que todos ellos. Debió haber sido insoportable, pero fue valiente, lo podían haber estrangulado. Es fama que en cierta ocasión para comprobar el odio docente que provocaba, en un examen plagió unas páginas de George Orwell, pero igualmente obtuvo una  nota baja. No obstante, logró graduarse con los máximos honores en Harvard. La antropología fue una de sus grandes pasiones, también la medicina y la paleontología. Mejoró su francés sólo para poder leer al verdadero Pierre Teilhard de Chardin, paleontólogo, filósofo y sacerdote jesuita que tenía una particular y original visión de la evolución de la especie humana. Michael aprendió de Chardin a ver el mundo, la vida y el hombre, quien desde que existe se ofrece como espectáculo a sí mismo. Así, pudo comprender una serie de “sentidos”, que según las palabras del sabio jesuita: “son los sentidos que el ser humano  necesita y que los va adquiriendo, luchando y marcando como hitos en la historia de su espíritu.” Crichton los anotó, los estudió y cada vez que pudo, los puso en práctica:
v      Sentido de la inmensidad espacial, tanto en lo grande como en lo pequeño, que desarticule y articule, en el interior de una esfera de radio indefinido, en los círculos de objetos que se comprimen a nuestro alrededor.
v      Sentido de la profundidad, que relegue de una manera ardua y laboriosa, a lo largo de series ilimitadas, sobre distancias temporales y desmesuradas, los acontecimientos que una especie de gravedad tiende de manera continua a comprimir para nosotros en una fina hoja del Pasado.
v      Sentido del número, que descubra y aprecie sin pestañear la multitud enloquecedora de elementos materiales y vivientes que se hallan comprometidos en la más pequeñas de las transformaciones del Universo.
v      Sentido de la proporción, que establezca en lo posible la diferencia de escala física que separa, tanto en dimensiones como en ritmos, el átomo de la nebulosa, lo ínfimo de lo inmenso.
v      Sentido de la cualidad o de la novedad, que puede llegar, sin romper la unidad física del Mundo, a distinguir en la Naturaleza, unos estadíos absolutos de perfección y crecimiento.  
v      Sentido del movimiento, capaz de percibir los irresistibles desarrollos ocultos en las mayores lentitudes la agitación extrema disimulada bajo un velo de reposo, lo completamente novedoso, deslizándose hacia el centro mismo de la repetición monótona de las mismas cosas. 
v      Sentido de lo orgánico, finalmente, que descubra las interrelaciones físicas y la unidad estructural bajo la superficial yuxtaposición de las sucesiones y de las colectividades.
v      A falta de estas cualidades en su escrutar, el Hombre continuará siendo indefinidamente para nosotros hombre, hágase lo que se haga para que podamos ver, lo que aún resulta ser para tantas inteligencias: un objeto errático en un Mundo dislocado. Que se desvanezca, por el contrario, en nuestra óptica la triple ilusión de la pequeñez, de la pluralidad, y de la inmovilidad, y el Hombre llegará a la Cima eterna y momentánea de una Antropogénesis que corona a su vez una Cosmogénesis. Sin estos sentidos el Hombre no sería capaz de verse a sí mismo de manera completa fuera de la Humanidad, ni la Humanidad fuera de la vida, ni la vida fuera del Universo.

Michael Crichton, 1942 – 2008, doctor, cineasta, marido con experiencia, padre de una hija y de treinta libros, desde la luminosa ciudad de Los Ángeles, se retiró de este mundo para alcanzar el Punto Omega, misterioso lugar de primera calidad que está reservado para las almas ilustres. Los que curiosamente aún estamos en este mundo, recordando a Crichton, ya podemos olvidar sus declaraciones en contra de la ecología y de la politización de la ciencia, pero no sus novelas, las que han comenzado a sacarse de encima el peso de haber sido las más vendidas y las más compradas para producir guiones cinematográficos. En todos los libros escritos por Michael hay un arduo trabajo científico y visionario que espera nuevos lectores; su obra merece ser revisitada.


LAS VIEJAS PELÍCULAS QUE NOS EDUCARON


“Rara vez hablamos de la humanidad eléctrica,
de la humanidad automovilística o aeronáutica, por todo lo que estas tecnologías ha hecho
para revolucionar el orden social educativo y la transformación de las prácticas de estudio.
Algún día ya no hablaremos más, estoy seguro, de la humanidad digital,
pero por ahora la frase es necesaria para distinguir los nuevos objetos, técnicas
y formas de estudio de aquellas que utilizaban  nuestros maestros en el pasado.
Hoy casi no existe un  existe un profesor que sentado
al pie de sus alumnos no se permita una notebook,
incluso un teléfono celular,
como herramienta primordial
para toda labor educativa y académica.”
De “La humanidad participativa: las humanidades digitales

de James J. O’Donnell, Daedalus, 
Reflexión sobre las Humanidades
publicación de  la  American Academy of Art & Sciences

  
Para recordar algunas películas educativas predilectas y no ir demasiado lejos,  me tengo que remontar  al año 1964, cuando se estrenó Mi bella dama, basada en Pymalion, la pieza teatral estrenada en 1938, del notable dramaturgo y socialista inglés George Bernard Shaw.  Casi veinte años después, pude comprobar que Mi bella dama tuvo una hija: Educando a Rita, estrenada en 1983, basada en la pieza teatral homónima del  dramaturgo y socialista inglés Willy Russel. En el medio de esas dos fechas históricas, la educación se alejó de la Europa humanista y se acercó al estilo norteamericano; el resultado era previsible. Un ejemplo de ese marketing violento fue El hombre terminal, film estrenado en 1974, basado en el tecno-thriller de Michael Crichton, que bien pudo haber sido dramaturgo y socialista si no hubiera estado tan ocupado como médico, lo que le permitió después cumplir de manera notable con ambas obligaciones que había postergado. En buena hora, la medicina, la educación  y la delincuencia lo preocuparon con sus estadísticas y escribió la novela The Terminan Man, acaso para encontrar una solución científica a los demasiados crímenes cometidos por norteamericanos psicóticos. Cuando la novela fue llevada al cine, se le introdujeron algunas variantes para que ciertos personajes no se sintieran aludidos. El tema del control mental ya se había instalado y la novela de Crichton lo llevó hasta sus últimas consecuencias. La colocación de un miniordenador en el cerebro de Harry Benson, paciente que sufre de epilepsia sicomotora y que sabe que las máquinas terminarán de controlar a todo el mundo comenzado por él, es uno de los  adelantos que hoy la biofísica está trabajando para  colaborar con la neurociencia  Pensar que la era digital  estaba en pañales cuando el libro fue publicado en 1972. Mike Hodges escribió el guión, dirigió la película y aceleró las fallas del audaz tratamiento que en la novela original no tenían ningún apuro.     


REVELACIÓN
  
Cuando las películas se comienzan a traducir para ser distribuidas  por el mundo, casi todas pierden como en la guerra comenzando por sus títulos. Disclosure, la  película basada en la novela de Michael Crichton, se llamó en español Acoso sexual y el público latino fue a ver eso y todo lo demás de la obra quedó relegado a un  segundo plano. Aparte de las escenas de alto voltaje erótico, la obra planteaba el tema de la digitalización de una manera despiadada y de paso, señalaba con precisión los progresos tecnológicos que venían y que aún no habían llegado. En el film todos pudimos ver escenas de virtualidad que no se han vuelto a rodar para evitar el cliché, donde la carnal Meredith Johnson (Demi Moore) no sólo es la usurpadora del puesto que merecía Tom Sanders (Michael Douglas) sino una acosadora sexual. En la escena magistral de un almuerzo,  el Presidente de Digicom, Bob Garvin (Donald Sutherland), nombra a Meredith en el puesto que debió haber sido para Tom, y ella lo agradece con un discurso mientras varias pantallas, alucinadas de virtualidad, respaldan sus palabras: “Los nuevos algoritmos de comprensión fijarán una norma de video digital de 60 campos por segundos con procesadores RISC de plataformas independientes con una imagen en  color de 32 bits. Ofrecemos, a través de la tecnología lo que religión y revolución prometen, mas no han cumplido: no estar atados al cuerpo físico; liberarnos de nacionalidad y personalidad; de lugar y tiempo. Con los productor  integrados nos podremos comunicar como conciencias puras.”  Sin embargo, el producto “Arcamax” que va a cumplir lo que religiones y revoluciones no han hecho, viene con defectos de fábrica y en el peor momento, ya que el sátrapa de Garvin ha vendido el proyecto a la competencia a través de una fusión que le reportará millones de dólares. Entonces, Bob organiza una cortina de humo para distraer a todo el mundo, comenzando por Sander, para que nadie vaya a matar la gallina de los huevos de oro. Meredith, se presta al juego y de ser la victimaria asume el rol de víctima y le inicia a Tom un juicio por acoso sexual, pleito que al final pierde. Disclosure debería ser llevada al teatro para contar de nuevo lo que sucedió en muchas empresas cibernéticas que nos vendieron “lo más chico, más veloz, más barato, mejor” que no siempre resultó como prometía la publicidad que aún funciona asociada a la voracidad de los usuarios que, como en un banquete pantagruélico, esperan que sigan apareciendo manjares para probar y descartar.  La novela en ese sentido fue una gran revelación, lástima que todo quedó sepultado por unos minutos de sexo que ya pasaron al olvido, pero que sirvieron  para comprobar que la fórmula para desviar la atención y que nunca falla es: estrategia + escenografía = distracción. En “Disclosure” la fórmula funcionó y nadie se salvó, ni siquiera el espectador.



PRIMERO FUE UN JUEGO;
DESPUÉS, UNA GUERRA

        
 Estrenada un año antes que Terminator, la película Juegos de guerra (1983), dirigida por John Badham y ambientada en los últimos años de la Guerra fría, nos presentó al primer hacker y los correspondientes peligros de quienes pueden birlar la clave de un sistema informático. Ya sabemos que la computación tiene orígenes bélicos y de algún modo, en cada herramienta informática hay una buena dosis de información codiciada y vulnerable. Las armas nucleares, sembradas en lugares estratégicos del planeta, dependen de ordenadores que siguen estando en las capitales de Oriente y Occidente. La amenaza de conflicto seguirá latente mientras las ojivas nucleares no hayan sido desactivadas. El mensaje de esta película es claro: en una guerra nuclear no hay ganadores, porque en ese extraño juego, la única manera de ganar es no jugar. El guión del film, escrito por Lawrence Lasker y Walter F. Parkes, ha dado pié para que otros realizadores sigan sacando provecho del género thriller al servicio de la ciencia ficción y de los videos juegos, como el DEFCON, juego en tiempo real creado por una empresa inglesa y que hace referencia a una tercera guerra mundial. Los actuales anglosajones por vocación geopolítica, como los vikingos del pasado,  insisten en organizar amenazas para el resto del mundo. En el film que nos preocupa, David Lightman, un estudiante menor de edad pero no menor de inteligencia, busca la contraseña para conseguir de manera ilegal nuevos juegos de guerra y la encuentra a través de su computadora conectada al teléfono. Sabe que cuando más complicado es un sistema informático, más tiene que ayudar al usuario. A partir del hallazgo, llega sin querer hasta la computadora madre del Ministerio de Defensa norteamericano que vive en estado de alerta y donde, luego del caos, “las cosas nunca volverán a ser iguales”. Los decorados de Juegos de guerra, fueron los más costosos de su tiempo, ya que fue recreado un Pentágono bajo tierra con computadoras majestuosas, enormes pantallas digitales y personal militar, mucho mejor instruido que los verdaderos militares, para el manejo de radares, aviones y misiles. La actuación del adolescente Matthew Broderick, de sangre irlandesa y católica, es creíble porque es el hacker de sobria inocencia que se arrepiente a tiempo del pecado cibernético. Para representar a Stephen Falken,  el genio creador del juguete que casi lleva al mundo a una guerra termonuclear, fue elegido John Wood, británico y cínico profesional. Este personaje también tiene cierta devoción por la época jurásica y es probable que un breve pasaje del film, años más tarde haya inspirado a Spielberg a pensar en la realización de Parque Jurásico y de Transformers. En esos virtuales juegos de guerra, estudiantes y pacifistas fueron los más agradecidos.     


DAVID CRONENBERG
  

Si bien es cierto que no todos los canadienses son propensos a exacerbar y explotar los miedos humanos y los pantanos del horror, David Cronenberg,  que nació en Toronto en marzo de 1943, lo ha hecho con notable interés y maestría. En marzo del año 43 pasaron muchas cosas, algunas con los años serían importantes: del otro lado del Atlántico, un aviador francés que no tenía una buena opinión sobre las personas mayores y la gente seria, había terminado de escribir El principito. Mientras tanto y por la Segunda Guerra el mundo se había convertido en una ciénaga, sin embargo, David Cronenberg cursó sus estudios en el riguroso Instituto Harbord, mientras su padre ejercía el severo periodismo; y su madre, el estricto piano. No obstante, David pudo llegar alegre y jovial a la Universidad de Toronto, donde se sintió feliz con la amistad de la literatura. Leyó a Vladimir Nabokov con pudor y entusiasmo; y a William Burroughs, con lentitud y temor. La escritura y la actuación, le enseñaron a leer entre líneas y décadas después, se interpuso otra vez en su camino, y bajo la inocente forma de un panfleto, la literatura  de Burroughs con La revolución electrónica, un ensayo que descubría las posibilidades sonoras y visuales del terrorismo psíquico: “Liberar al virus contenido en la palabra podría ser más peligroso que liberar la energía del átomo. Porque todo el odio, todo el dolor, todo el miedo y toda la lujuria están contenidos en la palabra.” Cronenberg ya infectado de caos social, logró rodar Los crímenes del futuro y otras películas que el gobierno canadiense se encargó de financiar. Como un fiel cronista de su tiempo, los títulos de sus films parecieran haber sido sacado de los copetes o titulares de la prensa amarilla, como Shivers,  película de 1975 que potenció los horrores corporales a partir de un experimento científico que termina en un error siniestro. No en vano, el título de esta obra tuvo tantas traducciones como países que la exhibieron: The came from within, Epidemia, Zombies, Orgía de los parásitos de la sangre, Convulsiones, Vinieron de dentro de…, Escalofríos, etc. Al año siguiente, filmó para el mercado de la  televisión y en 1976, regresó al cine con Rabia, una película irónica dedicada a los carniceros de la medicina. Instalado en el ámbito de lo morboso, el canadiense sale del encasillamiento y da un salto a las habilidades cerebrales que puede explotar una corporación multinacional reclutando empleados que practican la telepatía y la telekinesia: Scanners. En cambio, en Videodrome, la maldad y la tortura que maneja la corporación multinacional es de índole televisiva. Otras buenas producciones del premiado Cronenberg son más psicológicas y sutiles, ya que contrastan realidades subjetivas y objetivas, como ExistenZ, donde el espanto de la realidad virtual alcanza niveles sublimes. 

Hace poco pudimos ver “El método peligroso”, película que Cronenberg intentó dirigir, pero todos nos dimos cuenta de que un cineasta canadiense, audaz y experimentado, y que toda su vida se ha dedicado a la ciencia ficción y al horror corporal, no debe meterse con Carl Jung, con Sabina Spielrein y muchos menos, con Sigmund Freud.  


1999 

El cambio de milenio estimuló a muchos directores y productores de cine, a otros los  exacerbó  y a los menos, los sulfuró con nuevos proyectos. A los primeros, a los estimulados psicológicamente y que es David Cronenberg y equipo, se les debe la película ExistenZ; a los exacerbados, Mátrix; y a los últimos, lo sulfurosos, Piso 13. A los segundos, los podemos ubicar también en un primer lugar y a los terceros, en un segundo, y nadie se va a enojar ya que las tres películas se estrenaron el mismo año que moría el  siglo XX para resucitar, en un orden aleatorio, en el siglo XXI. 

The Thirteenth Floor es una película de carácter mitológico que ha servido, a partir de la mala fama del número 13, para la superstición de otras producciones redundantes: Los fantasmas del piso 13, Atrapados en el piso 13, etc. Josef Rusnak, director del film que nos interesa, basó su obra en una novela de ciencia ficción de Daniel Francis Galouye, un oscuro escritor autor de libros brillantes: Simulacron 3, texto que primero fue descubierto en Alemania por Rainer Werner Fassbinder, quien lo adaptó y estiró para una miniserie de televisión de su país. El formidable argumento de una máquina con capacidad de recrear una realidad virtual asombrosa que permite viajar en el tiempo, transporta a sus creador hasta la ciudad de Los Ángeles en el año 1937. En un momento clave, una persona de ese pasado es cambiada por una del mundo real y presente mediante una alucinante transferencia de conciencia, lo que le permite revelar un hecho desconocido que atrapa al espectador y que no vamos a contar, ya que esta idea milenaria fue expuesta por Platón en La República, en el conocido mito de la caverna, donde nos enseña que siempre estamos rodeados, respecto al conocimiento,  de dos mundos, el sensible y el inteligible. 

La otra gran simulación virtual que atrapó a los espectadores en 1999 fue The Matrix, obra de los hermanos Wachowski, nacidos en Chicago,  quienes de niños eran tan inaguantables que su madre en un momento los amenazó con internarlos en un orfanato. Asustados se pusieron a fabricar sus propios juguetes y después, crearon comics, como El hombre de plástico, publicación casera que la madre orgullosa e insoportable se encargó de mostrar y difundir por el vecindario. Otras creaciones de estos inquietos hermanos son Carnívoro y Asesinos, comics que por precaución, no fueron compartidos con el entorno doméstico. Es probable que estos genios del cine sigan produciendo películas taquilleras y cosechando aplausos, rumores y premios, pero cada vez es menos posible, como viene la mano,  que puedan repetir el éxito de la saga que los llevó hasta el cemento fresco de Hollywood, donde dejaron las huellas de sus extremidades.


INCEPTION


Antes de discurrir sobre Inception, película que todos vimos como Origen o El Origen, es oportuno no olvidarnos de Alex Proyas, quien escribió y dirigió Dark City (1998), film que según mi modesta opinión, fue superior en calidad a Matrix, pero que no tuvo el respaldo publicitario y las estrellas de bronce que uno puede pisar en el paseo de la fama. Es lógico que esa gran película en su momento haya pasado desapercibida, especialmente para el público americano con el patio de atrás inclusive, que por ahora no va al cine a plantearse preguntas psicológicas, sociológicas y filosóficas, como la predisposición genética que moldea y predispone el carácter de un ser humano, sus pensamientos, sus recuerdos y sus olvidos como respuesta al entorno social donde nace, se cría y se educa; tal vez dentro cincuenta años lo haga,   Otras obras de este cineasta, hijo de padres griegos, nacido en Egipto y criado en Australia, son: Yo, robot y Knowing (Señales del futuro). 

El futuro llegó a las pantallas en el año 2010 de la mano del director  Christopher Nolan, cuya mentalidad inglesa lo había preparado para trabajar con cualquier tipo de perversiones. Christopher en el año 2000, supo aprovechar sus conocimientos psicológicos en el suspensivo film Memento (Conocido en nuestro mundo como Amnesia), y cuando terminó con ese rodaje que daba saltos en el tiempo, decidió volver a emplear la gimnasia metafísica en su próxima película. Fue en la taquillera Titanic donde Nolan descubrió a un lindo actor que se parecía a él de manera extraordinaria: Leonardo Di Caprio. Este hecho aparentemente frívolo, lo llevó a escribir un guión de ciencia ficción en el cual un director de cine logra insertar en el alma de un actor el film que él tiene en su mente. De este proyecto secreto habló con varios productores que desconfiaron de la intrépida idea. Nolan modificó lo escrito introduciendo en la trama un thriller y decidido a filmarlo, afrontó su producción con la ayuda de Emma Thomas. La literatura universal, con diversos y famosos ejemplos, ya conocía el tema de la ficción dentro de la ficción, Shakespeare la había puesto en práctica en Hamlet y Cervantes, en el Don Quijote. Christopher consultó a los mejores especialistas en sueños y así nació un film de poesía violenta escrito a fuerza de laberintos y que entre sus corredores secretos, los personajes de la ficción pasan a una ficticia realidad, donde sueñan otra ficción que los lleva a una realidad de sueños ficticios instalados en un tercer nivel del subsuelo mental. En esas profundidades oníricas, el espectador –que no ha escapado a tiempo– queda atrapado esperando el final que por fin llega de una manera oscura y abierta, para que saque sus propias conclusiones, si puede, de una manera tranquila, despierta y ordenada.


SIN LÍMITES


El NZT 48, neurofármaco clave de esta película,  es la droga que todos los escritores quisiéramos tener cuando ante la página en blanco no se nos ocurre nada; con mayor si ya hemos recibido un adelanto de dinero por el libro. El laboratorio ilegal que la produce, ha identificado los receptores del cerebro que activan los circuitos específicos de la creatividad y una vez que ingerimos esta píldora de la inteligencia, sus componentes químicos nos permiten utilizar el 100% de la capacidad cerebral y no un porcentaje mucho menor como normalmente ocurre.

El gran Neil Burger en 1969, para dirigir buenas películas, nació en el pequeño estado de Conneticut, una pequeña Suiza donde las compañías de seguros pueden, por ahora, dormir tranquilas. Neil concluyó sus estudios en la Universidad de Yale y se graduó en Bellas Artes, licenciatura que le dio una mayor seguridad para involucrarse en la década del 80 con el cine experimental. En ese rubro se destacó con el documental Entrevista con un asesino (2002). Obras de este tipo nunca fallan en el mercado, la prueba está que este film fue premiado en los festivales cine de Woodstock y de Avignon. El año 2006 Burger como guionista y director presentó El Ilusionista, película basada en una novela de Steven Millhauser; los poderes de la magia es otro tema que también tiene un público asegurado. Si fuera por la industria del cine, no producirían otra cosa que no fueran los poderes de la magia, así fueran naturales o sobrenaturales. Burger continuó explotando temas seguros, lástima que en el año 2008 se apuró en rodar The Lucky Ones (Los afortunados), una comedia dramática que cuenta la historia de tres soldados estadounidenses, entre ellos una mujer, que han regresado de la Guerra de Irak. El tema era demasiado fresco como para poner a una prueba neurocognitiva la frágil memoria reciente de los ciudadanos que habían pagado con muchas vidas y con sus impuestos esa guerra. Tres años después, Burger consiguió su revancha con una película insigne hecha a la medida de Hollywood: Sin límites, un buen thriller obsesivo que contó con la paranoia de Robert De Niro y la de Bradley Cooper, quienes manejaron sus papeles con una naturalidad norteamericana envidiable.

NZT 48 es el potencial remedio que podría establecer buenas relaciones con los futuros productos de la nanotecnología y de la mecánica cuántica. Estas y otras novedades son parte de los experimentos secretos que han entrado en disputa, en una pelea de laboratorio que algún día será llevada al cine,  entre neuroquímicos norteamericanos y científicos alemanes que trabajan día y noche para ver quien clava primero su bandera en el lóbulo occipital del cerebro humano.